EN LA BAJADITA TE ESPERO….

AGRADEZCO DE CORAZON A MAR..QUE FORMA PARTE DEL GRUPO DE JESUS  POR ESTA HERMOSA REFLEXION. DIOS SIEMPRE NOS ESPERA… Y EN LAS BAJADITAS DE NUESTRAS VIDAS QUE LAS TENDREMOS Y SINO A ESPERARLAS…. NOS ESPERA SIEMPRE EL AMOR, LA COMPASION Y LA MISERICORDIA. Gracias Mar.

 

EN LA BAJADITA TE ESPERO.

Introducción. Hay una expresión venezolana que significa la vida da muchas vueltas, ahora aparentemente no me necesitas, ni te hago falta. Pero a la bajadita te espero, y cuando me necesites ahí estaré. Esa es la actitud que percibo en Dios frente a esta época de las grandes expresiones de autosuficiencia y de negación de lo trascendente. Nos hemos apoderado de la vida, la consideramos una posesión, un derecho, una exigencia. Y se nos olvida la dimensión de pura donación. “¿Qué tienes que nos hayas recibido?” 1ª Cor 4,7 pregunta San Pablo a los cristianos de Corinto. Y es lo que nos pregunta a la humanidad que camina en nuestro tiempo. Los avances tecnológicos, las fronteras acortadas por los poderosos medios de comunicación, nos hacen poner la confianza en la obra de nuestras manos. Pero sabe el buen Dios que en la vida hay bajaditas, hay situaciones que nos superan por todos los lados. La incapacidad de vencer la dolorosa enfermedad, los conflictos de las relaciones humanas que empequeñecen el corazón y nos lo devuelve asustado y triste. La incerteza radical de un futuro que no somos capaces de controlar. En definitiva la experiencia diaria del límite. Puedo vivir de espalda a la decadencia que me habita, negando lo imposibilitados que estamos de dar respuestas convincentes a las encrucijadas de nuestra vida. O por el contrario podemos hacer uso de una de las capacidades más humanas que nos identifican: el pedir y suplicar.

Lo más propio del niño, del bebe, es hacer de su indefensión un motivo de poder experimentar el amor. En las lágrimas de un bebe que llora porque tiene hambre, o porque tiene sueño, uno no ve otra cosa que la ocasión y la oportunidad de poderle consolar y dar respuesta a sus necesidades. Pero parece que al crecer, al hacernos adultos, se nos exija la autosuficiencia, y pedir es signo de debilidad y de vulnerabilidad. Pero pedir, demandar, suplicar, nos acerca a los demás, los vuelve necesarios. La sociabilidad es una de nuestros rasgos característicos, de los que nos definen. Nadie se construye a sí mismo, sino que la participación de los demás en nuestro proceso educativo es fundamental. Tanto en positivo como en negativo.

Por eso cuando el bebé siente la cercanía de su madre, su abrazo sanador deja de llorar, y eso se convierte en verdadera oración. De la que tendríamos que aprender. Orar es acoger la respuesta amorosa de nuestro Dios que nos está esperando deseoso de que le pidamos.

Lo que Dios nos dice. “En aquella ocasión Jesús tomó la palabra y dijo: ¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, ésa ha sido tu elección. Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo. Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy tolerante y humilde de corazón, y os sentiréis aliviados. Porque mi yugo es blando y mi carga es ligera.” Mt 11,25-30.

Venid a mí más veces, y aprended de lo que es caminar integrando lo negativo en la propia vida. Jesús nos vive agradecido porque todo lo que le rodea está calmado y es espontáneamente fácil de vivir. El escenario que nos muestra el Evangelio es de conflictividad con la autoridad, de incomprensión de sus discípulos, de enfermos que le piden y le exigen su curación. De un aprovechamiento del tiempo “donde eran tantos lo que iban y venían que no tenían tiempo ni para comer” Mc 6,31. Pero esa vida cargada de intensidad no le produce queja ni estrés. Es capaz de vivir agradecido porque cuenta con la fuerza, el sentido y la presencia continuada de aquel que le hace vivir como un permanente don. Si conociéramos el regalo permanente que supone estar vivos, y la posibilidad de ofrecernos como una ofrenda permanente, nos liberaríamos de exigencias, de vivir preocupados todo el tiempo por los resultados y los éxitos. El fruto de nuestra vida no está en los resultados aparentes o visibles. Ni en el reconocimiento de los demás, sino en el con quién vivo lo que hago, la compañía que me impulsa a realizar las opciones que tomo, y el cariño que invierto en hacer aquello a lo que me dedico.

“Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada”. Jn 15,4-5.

Aprender a permanecer en su amor tiene que ver con dejar de vivir a golpes de impulsos, de prisas, de urgencias, y calmar el corazón para despertar a lo regalados que somos. La dimensión contemplativa de nuestros días se debe volver una prioridad en nuestros horarios. El tiempo sólo es valioso si lo invertimos en caminos de verdad, de entrega, de generosidad. La dispersión, la toma de decisiones que sólo busca dar respuesta lo inmediato nos agota, nos confunde y nos deja con el mal sabor de boca de quien no sabe adónde dirigimos nuestros pasos.

“Señor, mi corazón no es ambicioso ni mis ojos altaneros; no persigo grandezas ni maravillas que me superan. Juro que allano y aquieto mi deseo. Como un niño en brazos de su madre, como un niño sostengo mi deseo. ¡Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre!” Sal 131.

Cómo podemos vivirlo. La paciencia de Dios es nuestra salvación, y que esté permanentemente esperando a que le abramos las puertas de nuestro corazón, para que entre, para que hablemos, es una oferta permanente de salvación. Una palabra suya, un gesto, un abrazo, tiene el poder de transformar nuestra mirada. Pasamos de nuestras muertes, a la vida en abundancia, cuando le vemos y le reconocemos llamándonos por nuestro nombre. Sí en la bajadita nos espera, no temamos el camino. Al amor que nos lleva no le preguntemos a dónde va.


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