HAY QUE DAR UN SI CADA DIA

Cuanto agobio y sufrimiento. Cuantas heridas sin sanar en nuestras vidas. Cuanto dolor e indiferencia ante el dolor y el sufrimiento humano en guerras, abusos, masacres y ansias de poder… cuanto dolor. Hay que saber ir dando un Si al amor, a la vida, a la humanidad. al Dios de la vida….a Jesús y su proyecto si queremos ir dando pasos de VIDA.

HAY QUE DAR UN SÍ CADA DÍA

Introducción. En nuestro camino creciente de fidelidad a Jesús experimentamos que cada día hay nuevas oportunidades para practicar la fe. Sí pensábamos que acercarnos a Jesús era la garantía para tener calma y paz, rápidamente cambiamos de idea. Él no viene a traernos calma y placidez, sino intensidad de movimientos interiores, para que, pese a sobresaltos, y sorpresas, nada nos quite la alegría y el amor. La abundancia de vida prometida por Jesús se manifiesta en medio de las tribulaciones y de las situaciones que nos superan. Si nos quedamos en la orilla, no necesitamos la ayuda de Jesús, es al adentrarnos mar adentro que experimentamos su fuerza que nos sostiene.

“Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡qué más quiero si ya ha prendido! Tengo que pasar por un bautismo, y, ¡cómo me apuro hasta que se realice! ¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No paz, os digo, sino la división. En adelante en una familia de cinco habrá división: tres contra dos, dos contra tres. Se opondrán padre a hijo e hijo a padre, madre a hija e hija a madre, suegra a nuera y nuera a suegra.” Lc 12, 49-53.

Y no es que haya que buscar algaradas, los problemas vienen ellos solitos. Lo que sí que es responsabilidad nuestra el cómo los vivimos. El final de curso de presenta en nuestras vidas de una forma arrolladora. Exámenes, trabajos, charlas, que nos encuentra física, y mentalmente cansados. Anhelados días de vacaciones, de desconectar, de cambiar de aires. Pero el cansancio no es por las apretadas agendas que vivimos, sino por cómo nos tomamos las tareas de cada día.

Lo que Dios nos dice. “Yendo de camino, entró Jesús en una aldea. Una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba sus palabras; Marta se afanaba en múltiples servicios. Hasta que se paró y dijo: Maestro, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en esta tarea? Dile que me ayude. El Señor le replicó: Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y no se la quitarán.” Lc 10,38-42.

Nos preocupamos y nos inquietamos por muchas cosas. Tenemos muy arraigado en nuestra forma de pensar que somos imprescindibles, que todo lo que emprendemos depende de nosotros, que somos necesarios para que los proyectos vayan hacia delante. Y es cierto que tenemos responsabilidades, pero no para que nos ahoguen y nos aplasten, sino para que colaboremos con el Señor, como trabajadores de su viña. Marta podía estar haciendo lo mismo que hizo, pero disfrutando, poniendo amor y delicadeza en la obra de sus manos. En cambio, iba acumulando frustración, comparación, envidia, y finalmente explota poniendo en evidencia su enfado con María, que ajena al volcán interior que vive su hermana, disfrutaba del diálogo con Jesús. El problema no es el volumen de trabajo, el problema es sí lo afrontamos solos, o acompañados.

“¿Quién es Apolo?, ¿quién es Pablo? Ministros de vuestra fe, cada uno según el don de Dios. Yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer. Así que ni el que planta cuenta ni el que riega, sino Dios que hace crecer. El que planta y el que riega trabajan en lo mismo; cada uno recibirá su salario según su trabajo. Nosotros somos colaboradores de Dios, vosotros sois labranza de Dios y construcción de Dios.” 1ª Cor 3,5-9.

Somos colaboradores de Dios a través de los detalles cotidianos y sencillos de cada día. En el cuidado atento a las necesidades de los hermanos vamos viendo crecer el reino de Dios. Por eso es una pena que no seamos más conscientes, y nos perdamos la posibilidad de vivir la actividad diaria de otra manera. No estamos llamados a vivir cansados y agobiados, sino felices y agradecidos. La vida de Jesús no era plácida y desocupada. Era un continuo atender situaciones de sufrimiento y opresión. Enfermos, pobres, lisiados, endemoniados, lunáticos, además del machaque constante de las autoridades religiosas que le calumniaban, la cuestionaban y le ponían en duda todo lo que Jesús hacía o decía. La lentitud de los discípulos para comprender la vida nueva que Jesús les ofrece, en fin, muchos frentes abiertos, pero que no le dejan hundido.

“Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy tolerante y humilde de corazón, y os sentiréis aliviados. Porque mi yugo es blando y mi carga es ligera.” Mt 11, 28-30.

El descanso que vive Jesús, es acompañar con su humanidad el caudal de amor que siente Dios por cada persona. Somos sus hijos, no un juguete de Dios, o un pasatiempo. Somos obra de sus manos, él modeló cada corazón y comprende todas nuestras acciones. Si por un momento entendiéramos lo amados que somos, nos admiraría la misión de Jesús. Es servir de lazo de amor, de cuerda humana, la declaración de valor que para Dios tiene cada uno de sus hijos. Y amar nunca cansa si se vive bien, puede que duela, como decía la madre Teresa: «amar hasta que duela». Pero cansar no porque es la invitación a adentrarnos en un dinamismo de escucha, de creatividad, de ternura, y de vigor.

Cómo podemos vivirlo. Sí es el Señor el que nos invita a caminar tras sus pasos, la confianza tiene que ser total. Al amor que te lleva, no le preguntes a dónde va. Y seguro que nos introduce en un conocimiento de nosotros mismos, de los demás, y del Buen Dios, al que cada vez conocemos menos de oídas, y cada vez más le ven más nuestros ojos. En lo cotidiano, en lo sencillo, haciendo de nuestra vida una extensión de su voluntad para el mundo. Dando un sí cada día, en cada ocasión, paso a paso. En los días de sol, y en los lluviosos y grises. Cuando nuestros ánimos están por las nubes, y cuando el sentimiento de agotamiento y de soledad nos acompañan. Que este final de curso no nos pille en la queja, sino en la acción de gracias, en la seguridad de que hemos hecho todo lo que hemos podido, sin guardarnos nada.


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