COMO VIENDO AL INVISIBLE


One comment on “COMO VIENDO AL INVISIBLE

  1. josemaria dice:

    COMO VIENDO AL INVISIBLE
    Introducción. Comenzamos de nuevo el curso pidiéndole al Buen Dios la mirada de fe que nos permita vivir, todo lo que nos espera, en clave de regalo agradecido. No hay situación que se presente ante nuestras vidas que no esté acompañada de su presencia que llena de sentido y nos hace experimentar su amor. Las fáciles y agradables nos muestran con evidencia su cuidado providente: personas que nos facilitan la existencia, las familias, los amigos, la comunidad que nos ayudan a recorrer el camino con evidentes muestras de generosidad, de escucha, de comprensión. Momentos cargados de paz, de calma, de contemplación, donde somos capaces de desvelar el misterio de nuestra existencia, captando toda la belleza que nos envuelve.
    Pero hay también momentos de oscuridad, de soledad, de desconcierto, de frustración. Angustia por organizar bien los ritmos, falta de tiempo para encajar todas las piezas, nuestro propio camino que está envuelto de dudas antes las decisiones que debemos tomar. Y en eso momentos de falta de luz es cuando con más claridad sentimos la necesidad del Dios, que guía nuestros pasos. Estamos llamados a ser integradores de lo negativo en nuestras vidas.
    Lo que Dios nos dice. “El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por senderos de justicia como pide su título. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo: tú vas conmigo; tú vara y tu cayado me sosiegan. Me pones delante una mesa frente a mis enemigos; me unges con perfume la cabeza, y mi copa rebosa. Tu bondad y lealtad me escoltan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por días sin término.” Sal 23.
    Sí tú vas conmigo Señor, regálame el descubrirlo, para que no sea la soledad, sino tú compañía la que ejerza todo su poder y su fuerza. Tu cercanía engendra seguridad, tú cercanía disuelve los miedos. Si eres tú el que acompaña mi jornada, me atrevo a vivir lo que me pidas, porque tú estás conmigo. Ya no rechazo nada, ya no juzgo a nadie, activo el dinamismo de acogida radical de toda la realidad porque vives en ella. Tú cercanía disuelve mis miedos, porque llenas de claridad y de paz, lo que para mí es confusión e incerteza.
    “Reconocemos que está con nosotros y nosotros con él porque nos ha hecho participar de su Espíritu. Nosotros lo hemos contemplado y atestiguamos que el Padre envió a su Hijo como salvador del mundo. Si uno confiesa que Jesús es Hijo de Dios, permanece con él y él con Dios. Nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tuvo. Dios es amor: quien conserva el amor permanece con Dios y Dios con él. El amor llegará en nosotros a su perfección si somos en el mundo lo que él fue y esperamos confiados el día del juicio. En el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Pues el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto.” 1Jn 4,13-18.
    Ya no vivimos con miedo al error o al castigo. Muchas de nuestras parálisis se producen por el miedo al rechazo, a que el hacer evidentes nuestra fallos y límites puede alejar a la gente que nos rodea. Pero hay una libertad por estrenar, enorme, duradera, cuando descubrimos que nuestras vidas, en toda la pequeñez y fragilidad que las constituyen, tienen un valor que nadie nos puede quitar. No valemos por la opinión que otros emitan sobre nosotros. El valor de nuestras vidas es el que Dios les da. Por eso cuanto más cerca estemos de la mirada de Jesús sobre la realidad, más notaran las personas que somos sus discípulos.
    Caminamos “Cómo viendo al invisible” Heb 11,27.
    Vivimos una existencia de apertura real a lo que los otros me aportan, a lo que los otros me demandan. En ese camino de circularidad, donde huimos de la autosuficiencia, y hacemos de nuestros límites el lugar del encuentro con el otro. Hacernos vulnerables a los demás, a veces es doloroso, a veces sus críticas nos laceran, pero es la única forma de vivir el mandamiento del amor. Si por miedo nos aislamos, nos acabará invadiendo la soledad.
    Abrimos nuestros días a nosotros mismos, con nuestras rarezas, y desequilibrios, pero sin el afán por disimularlos. Es una prueba de madurez saber que no todo en nuestra vida está bajo control. Hay muchas dimensiones de nosotros mismos y de los demás que continuamente nos sorprenden. El asombro es un elemento imprescindible en nuestras vidas. El que hace nuevas todas las cosas, nos regala vivir con novedad lo cotidiano. Las personas siempre nos sorprenden, en positivo, o en negativo. Pero nosotros también nos sorprendemos. Nuestras reacciones no siempre están diseñadas y planificadas. Salidas de tono, borderías, ironía, evasión, son reacciones tan humanas que no podemos escandalizarnos.
    Jesús no se asusta del pánico de Pedro en las negaciones, ni de las muestras de afecto de María Magdalena, ni de la traición de Judas, cuando le besa. Tenemos que aceptar lo pequeñitos que somos. Y alegrarnos muchísimo de que Dios, mirando nuestra pequeñez nos siga llamando amigos.
    “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os amé. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace el amo. A vosotros os he llamado amigos porque os comuniqué cuanto escuché a mi Padre.” Jn 15,12-15.
    Cómo podemos vivirlo. El que nos llama amigos, el que nos revela cada día lo que quiere el Padre, nos asegura que está, que ha estado, y que estará todos los días hasta el fin del mundo. Por eso comencemos a vivir esa relación de amistad, de intimidad, de sentirnos cada vez más uno. Y que la cercanía con Dios nos enseña a ser cercanos con los demás.

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