Luces anti-nieblas

LUCES ANTITINIEBLA

Introducción. Los coches traen de serie luces antiniebla y son eficaces para estos tiempos de invierno, fríos, hostiles, donde a veces la visibilidad es difícil en medio de la noche, o cuando atravesamos un banco de niebla. Esos focos nos permiten ser vistos por otros vehículos, y sirve para iluminar la oscuridad y darnos visibilidad en el camino que nos toca recorrer. La fe se convierte en esos focos que también iluminan, no sólo los días de niebla, momentos pasajeros de falta de claridad, de sentimientos de confusión o de pérdida de motivación, sino los momentos de tiniebla, que es cuando se cronifica la falta de luz. Tiniebla es cuando desconozco el valor de mi vida, cuando se me hace insoportable la existencia, cuando levantarnos cada mañana se convierte en un sobreesfuerzo del que no nos sentimos capaces. Las tinieblas nos hacen olvidar nuestra condición de hijos de Dios, y de hermanos de todos los hombres. Desfiguran la visión de los demás y los vemos incapaces de aportar nada a nuestras vidas. La tiniebla nos paraliza, por el miedo y el temor, y nos hace incapaces de dar pasos hacia delante. Es necesario encender los focos de la fe, y agarrarnos con fuerza a esa palabra que vuelve a dar sentido a todo lo que vivimos.

Lo que Dios nos dice. “El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: gozan en tu presencia, como se goza en la siega, como se alegran los que se reparten el botín. Porque la vara del opresor, el yugo de sus cargas, su bastón de mando los trituraste como el día de Madián. Porque la bota que pisa con estrépito y la capa empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego.” Is 9,1-4.

Las tinieblas se generan por apartarnos de la luz, por no cuidar de manera continua nuestra relación de amistad con aquel que sabemos que acompaña la humanidad en todas las situaciones. Nuestra autosuficiencia nos hace creer que la vida está bajo control, que somos capaces de organizarnos contando con nuestras propias fuerzas. Pero lo cierto es que todos los proyectos que asumimos nos superan. Crear una familia, una relación afectiva, nuestra vida laboral, la educación de los hijos, el responder a una llamada a la vida religiosa, son tareas que superan en mucho nuestras capacidades. Y empeñados por la terquedad en hacer las cosas a nuestro modo, nos chocamos diariamente con el muro de nuestros límites. Se nos va pegando al corazón la pesadez de los días exigidos, del cansancio acumulado, de la falta de energía y de alegría. Esos síntomas nos informan de la necesidad de hacer un alto en el camino, de no habituarnos a la mediocridad, y de buscar de nuevo esa luz que de claridad a nuestros días.

“Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada.” Jn 15,4-5.

Nuestra dependencia amorosa respecto a Dios se convierte en necesidad cuando experimentamos lo amargo que es vernos sumergidos en las tinieblas. Por eso el Señor siempre insiste en que renovemos nuestra búsqueda de Él, de su palabra. No da igual vivir con luz, con alegría, con amor, con confianza, que sobrevivir con poco aliciente, atrapado en la rutina, en una vida sin ilusión y sin esperanza. Y lo malo es que nos vamos acostumbrando, entumeciendo el corazón y pensando que es normal arrastrar la existencia cuando estamos llamados a vivir en abundancia. Muchos de nuestros días pasan sin que el corazón vibre, sin que la risa inunde nuestras caras, con el ceño fruncido. Conviviendo con los más cercanos sin sonreír, sin dialogar, sin compartir.

“Hijo mío, cuando te acerques a servir al Señor, prepárate para la prueba; mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes cuando te sobrevenga una desgracia; pégate a él, no lo sueltes, y al final serás enaltecido. Acepta cuanto te sobrevenga, aguanta enfermedad y pobreza, porque el oro se acrisola en el fuego, y los elegidos, en el horno de la pobreza. Confía en el Señor, que él te ayudará; espera en él, y te allanará el camino. Los que respetáis al Señor, esperad en su misericordia, y no os apartéis para no caer.” Eclo 2,1-7.

Las tinieblas siempre se hacen presentes en nuestra vida, en forma de fracaso, de enfermedad, de soledad, de olvido de los demás. Pero son ocasiones privilegiadas para activar esos focos que iluminan nuestra vida de una manera transformadora. Esos pueblos, esas vidas que caminan en tinieblas, pueden ver la luz de Dios que lo ilumina todo con una nueva claridad. Porque la máxima oscuridad en la noche y las temperaturas más bajas se dan justo antes de que empiece a salir el sol. Cuanta más cercanía y más intimidad tengamos en el trato afectuoso con nuestro Dios, menos tiempo nos sumergimos en la oscuridad y en la tiniebla. Por muy difíciles que sean las circunstancias que atravesemos, y los problemas que nos toque afrontar. La fe se fortalece dándola y activándola cuando nos hacemos conscientes de lo acompañados y cuidados estamos por el Dios que nos ama. Acompañar a las personas en sus momentos de tribulación y de tiniebla, es la mejor forma de ser testigos de cómo la fe responde de verdad y da esperanzas a la vida humana.

 

Cómo podemos vivirlo. Hay niños que le tienen miedo a la oscuridad, que duermen con una pequeña lámpara encendida que les permite mitigar su miedo. Nosotros esa lucecita que nos quita los miedos la tenemos en la oración, en ese trato sencillo, constante, en el que ampliamos nuestra mirada y descubrimos que Dios camina con nosotros, por verdes prados y por cañadas oscuras. En los días de sol, de calor, de felicidad y alegría. Y en las jornadas donde todo parece alinearse para que nos sintamos los seres más tristes y desdichados del mundo. Pero el que persevere hasta el final, sin desfallecer, el que esté preparado para la oscuridad, el que active la confianza, ese descubrirá el rostro cariñoso y misericordioso de Dios que no se aparta ni un momento de él.


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