Cuaresma Una sinfonía de ternura

UNA SINFONÍA DE TERNURA

Introducción. El pasado miércoles de ceniza tuve la suerte de presidir una celebración en mi parroquia, a la que asistieron los alumnos de un cole, que hay en el barrio, de educación especial, la mayoría tienen el síndrome de Down. Y siempre es una lección de evangelio la que recibo en contacto con estos tesoros de personas. Es una celebración que tiene un punto de caos, de desorden, de improvisación. Desde la puntualidad a la hora de comenzar, desde los imprevistos propios de quien no lo puede controlar todo. La guitarra que trajeron de cole tenía una cuerda rota, para colmo estaba lloviendo, y todo se retraso un poco. La guitarra que les presté a las profesoras del coro estaba desafinada. Las voces del coro suenan descompasadas, a veces no da tiempo a ensayar, y eso hace que suene todo raro de una manera desafinada. Las peticiones de perdón, las preces y la acción de gracias las leyeron los niños. No a todos se les entiende bien, algunos se pegan mucho al micro y suena muy fuerte, mientras que a otros casi no se les oye. Con una mirada rigorista y ortodoxa a esa celebración se le pueden poner muchos peros. El clima no es siempre de recogimientos, las filas para ir a recibir la imposición de la ceniza o la de ir a comulgar no siempre están bien rectas y definidas. Pero si una comienza a bailar y a fluir al ritmo de la vida, de la espontaneidad, de la bendita danza entre Dios y sus hijos, entonces es la fiesta de los hijos que se sienten en casa.

Cuando no nos fijamos en las apariencias, sino que activamos la mirada del corazón, todo cambia, y se convierte en una sinfonía de ternura, de belleza, de motivo de alegría infinita porque de los que son como niños es el Reino de los Cielos. Y Dios está tan presente, vivo, reconocible, en cada niño y niña, en cada religiosa, en cada profesor y educador. Hay una verdadera comunión, porque cuando dos o tres se reúnen en su nombre, y si esos que se reúnen, son los más pequeños, ahí Dios está en medio de nosotros. Visible, palpable, besable y abrazable. Lo que le hacemos a uno de estos hermanos nuestros, a Dios se lo hacemos.

Lo que Dios nos dice. “En aquel tiempo los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más grande en el reino de Dios? Él llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos y dijo: Os aseguro que, si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de Dios. Quien se humille como este niño, es el más grande en el reino de Dios. Y el que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge. Pero a quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al fondo del mar”. Mt 18,1-6.

¿Qué tendrá lo pequeño que a Dios tanto le gusta? Sólo quien se acerca a esa ternura entrañable de Dios ve ridículo ir persiguiendo en la vida la perfección, el deber, el orden preestablecido, lo correcto. Bendita imperfección, benditos límites, benditas capacidades múltiples, benditas discapacidades, que nos acercan al amor más puro e incondicional de quien ve en nosotros todas las posibilidades que no somos capaces de reconocer, ni en nosotros mismos, ni en los demás. No es de sensiblería, ni de lágrimas fáciles, ni de compasión frente a cierto sentimiento de pena, de lo que estoy hablando. Es el reconocimiento de que tener en la vida límites, dificultades, problemas, lentitudes, o ciertas deficiencias que no nos puede paralizar. Veo en cada chico y chica de ese cole el orgullo y la determinación de hacer de su vida una verdadera aventura. De superación, de crecimiento, de cero actitud de conformismo. Actitudes muy válidas para vivir nuestra Cuaresma. Tantas veces nos pilla la vida desanimados, perezosos, quejosos y sin ganas de caminar. Inapetentes frente a las llamadas de Dios de salir de nuestra tierra, de nuestra comodidad, y llevarnos a la tierra de los sueños, donde se cumplen, donde nos sentimos vivos y acompañados.

“Os digo también que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se la concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos” Mt 18,19-20.

Ponernos de acuerdo para pedir algo, para desear algo mucho, para ponernos en camino, esa es la actitud que me contagian estos pequeños. Dios está presente en sus vidas, en las que hacen del cuidado y del amor la vocación profesional y vital. Y pensar que algunas personas les provoca rechazo, no les gusta la celebración, les cuesta mirar esas vidas, de verdad que no lo puedo entender. Claro, si para nosotros la vida es lo que tenemos en nuestras idealizadas imágenes de perfección. Le bello según los cánones de la moda, lo que no cuesta, la fácil, lo cómodo, lo capaz, lo superdotado, pues la celebración es un desorden continuo. Pero si lo que sentimos en una invitación a envolvernos de la ternura del Buen Dios, que nos llama por nuestro nombre. Que ama lo que somos, lo real, lo concreto, ahí se logra un ambiente de circularidad misericordiosa, donde todos somos al mismo tiempo maestros y aprendices, oyentes y predicadores.

“Entonces el rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? El rey les contestará: Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” Mt 25,34-40.

 

Cómo podemos vivirlo. Caminar en esta Cuaresma sabiendo que nuestros límites no son obstáculos para que Dios realice en nuestras vidas su voluntad, sino todo lo contrario, son la posibilidad de descubrir nuestra necesidad de Él. Nuestros «no puedo», son las puertas que se abren para pedirle, para extender los brazos y que se nos llenen de su amor y de su ternura.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *