Al final…. punto y seguido…

OFRECER LO QUE SOMOS Y TENEMOS. (LA VIDA ENTENDIDA COMO DON)

Introducción. Cuando venimos a la Eucaristía nos confiamos a la presencia íntima de Jesús que nos convoca, con gestos sencillos y palabras cercanas. «Mientras estaba con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». Así de simple, de cotidiano, de cercano. ¿Qué otra cosa puedes hacer cuando compartes el pan con tus amigos? Tomarlo, bendecirlo, partirlo y dárselo, con una profunda experiencia de gratitud. Para eso es el pan y para eso son nuestras vidas, para servirlas, repartirlas, partirse y alimentar la vida de los que Dios ha asociado a la nuestra. Es lo que sucede a diario en casi todos los hogares, pertenece a la esencia de la vida. Realmente, no podemos vivir sin ese pan no hay comensalidad, no hay comunidad, no hay vínculo de amistad, no hay paz, no hay amor, no hay esperanza. La Eucaristía es el gesto más humano y más divino que podemos imaginar. Ésta es la verdad de Jesús: tan humano y, sin embargo, tan divino; tan cercano y, sin embargo, tan misterioso. Es la historia de Dios, que quiere acercarse tanto a nosotros que podamos verlo con nuestros propios ojos, oírlo con nuestros propios oídos, tocarlo con nuestras propias manos; tan cerca que no haya entre nosotros y Él nada que nos separe, nos divida y nos distancie. Ante la realidad palpable de una humanidad dividida y de corazones rotos y vacíos por la ausencia del Amor y Vida divinos, nos urge la caridad de Cristo a presentar, con el mayor relieve, la presencia del Reino de justicia, de amor y de paz; a brindar a este

mundo el poder del amor de Dios en corazones integrados y libres, llenos del Espíritu de amor, y a ofrecer la realidad de un pueblo de hermanos y hermanas congregados en Uno, solo por el amor de Cristo, esto es, una fraternidad sencillamente cristiana. Es el dinamismo propio de nuestra misión apostólico-misionera.

Lo que Dios nos dice. «Pues, ¿qué nación grande tiene un dios tan cercano como nuestro Dios, cuando lo invocamos? Y, ¿qué nación grande tiene unos mandatos y decretos tan justos como esta ley que yo os promulgo hoy? Pero, cuidado, guárdate muy bien de olvidar los sucesos que vieron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras vivas; cuéntaselos a tus hijos y nietos. El día aquel que estuviste ante el Señor, tu Dios, en el Monte Horeb, cuando me dijo el Señor: Reúneme al pueblo y les haré oír mis palabras, para que aprendan a temerme mientras vivan en la tierra y se las enseñen a sus hijos. Vosotros os acercasteis y os quedasteis al pie de la montaña, mientras la montaña ardía con llamas que se alzaban hasta el cielo, en medio de oscuros y densos nubarrones. El Señor os hablaba desde el fuego: oíais palabras sin ver figura alguna, sólo se oía una voz. Él os comunicó su alianza y los diez mandamientos que os exigía cumplir, y los grabó en dos losas de piedra» (Dt 4,7-13).

La Eucaristía es Dios-para -nosotros, Dios-con-nosotros. Dios dentro de nosotros. Jesús es Dios entregándose por completo, derrochando su vida por nosotros sin ningún tipo de reserva. Jesús no se guarda nada ni se aferra a lo que posee. Da todo lo que tiene a manos llenas. Todos conocemos ese deseo de darnos a nosotros mismos, de colaborar, de sentirnos útiles para poder ayudar a los demás. Lo que deseamos es que los demás estén bien- En la Eucaristía, Jesús lo da todo, y es escuela para nosotros de vivir con actitud de convertirnos en ofrendas vivas. El pan no es un simple signo de su deseo de ser nuestro alimento; el cáliz no es sólo un signo de su afán de ser nuestra bebida. El pan y el vino se transforman en su cuerpo y en su sangre en la entrega. ¿Qué es lo que la Iglesia tiene que hacer al mundo?: comunicarle ese amor, pero no en forma de discurso, sino en forma de caricia, afecto, de interés por la persona humana, que luego dará fruto o no dará fruto. Lo único importante, lo único que la Iglesia tiene que ofrecer al mundo es esto: es el amor infinito del Padre, que ha llegado hasta nosotros por esta Historia.

«Ahora, hermanos, por la misericordia de Dios, os exhorto a ofreceros como sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios: sea ése vuestro culto espiritual. No os acomodéis a este mundo, antes transformaos con una mentalidad nueva, para discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno y aceptable y perfecto» (Rom 12,1-2).

Hay que presentar al mundo un modo distinto de vivir, ofrecerle una paz distinta: «Doy la paz no como el mundo» (Jn 14,27). «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36). «Pero confiad, yo he vencido al mundo» (cf. Jn 16,33). La máxima razón de nuestra existencia es compartir esta divinidad con los hijos de los hombres. No hay mayor revolución. El mayor cambio que podemos ofrecer es ser expresión de esta divinización del hombre, con un destino eterno cuya riqueza y honor empezamos ya ahora, si nos dejamos guiar por Él.

Como podemos vivirlo. ¿Cómo hacer efectivo el evangelio? ¿Cómo llegar a la gente? ¿Cómo desempolvar el evangelio y hacerlo creíble de nuevo? Preguntémoslo. Si no nos proponemos amar como Jesús, no tenemos nada que ofrecer. Antes de hacer, hemos de ser; antes de predicar lo que predicó Jesús, hemos de ser amor como Él, amar e ir desenredado de todo atuendo y entretenimiento que obstaculice y nos distraiga para presentar el evangelio con fuego en el corazón.


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